miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Profeta, de Jalil Gibran.


Y al entrar en la ciudad salieron todos a su encuentro y lo llamaban gritando con una sola voz.
Y se acercaron los ancianos de la ciudad y le dijeron:
No nos dejes todavía.
Has sido un mediodía en nuestro anochecer, y tu juventud nos ha dado sueños que soñar.
No eres extranjero entre nosotros, ni tampoco huésped, sino hijo nuestro y amadísimo.
Que todavía no sufran hambre de tu rostro nuestros ojos.

Y los sacedotes y sacedotisas le dijeron:
Que las olas del mar no se interpongan entre nosotros en este momento, ni se transformen en recuerdo los años que has pasado entre nosotros.
Como espíritu has caminado entre nosotros, y tu sombra ha sido una luz sobre nuestros rostros.
Mucho te hemos amado, pero nuestro amor no se traducía en palabras, de velos estaba velado.
Y sin embargo ahora se lamenta a gritos y se levanta para que tú lo veas.
Y siempre ha ocurrido que el amor no conoce su propia profundidad hasta que llega el momento de la separación.



jueves, 10 de septiembre de 2009

Sobre cambios generacionales.


Dicen que hay cosas pocas cosas peores que citar un libro que no se ha leido. Yo me leí la trilogía de "el juez de Egipto" hace bastante tiempo, y aunque he olvidado casi toda la historia, guardo un buen recuerdo.
Abrí el otro día el libro por casualidad, y el primer capítulo comenzaba con una cita del papiro de Ipuur, que narra una leyenda historica sobre la caída del Imperio Antiguo. No he leído el papiro, sólo la cita de El juez de Egipto de Jacq:

Ved, ha sucedido lo que los ancestros habían predicho: ha proliferado el crimen, la violencia ha invadido los corazones, la desgracia atraviesa el país, corre la sangre, el ladrón se enriquece, se han apagado las sonrisas, los secretos han sido divulgados, los árboles han sido arrancados, la pirámide ha sido violada, el mundo ha caído tan bajo que unos cuantos insensatos se han apoderado de la realeza y los jueces han sido expulsados.
Pero recuerda el respeto a la Regla, de la justa sucesión de días, del feliz tiempo en que los hombres construían pirámides y hacían florecer vergeles para los dioses, de aquel tiempo bendito en que una sencilla estera satisfacía las necesidades de todos y los hacía felices.